Desconcierto chino

El punto es el cariz de la globalización occidentalizada.

Temor a la agitación social y a la influencia de Occidente reveló un discurso reciente a puerta cerrada del presidente chino, que dejó entrever la perplejidad de la mayor nación y ahora locomotora económica mundial sobre el rumbo de su desarrollo, de pronto incontrolable aun para dictaduras de partido único. En este caso, las ‘fuerzas hostiles’ aludidas son culturales; “el poder cultural de nuestro país y su influencia no se corresponden todavía con su puesto internacional”; una tradición de cinco mil años y la versión de la ideología socialista no rivalizan con el ‘american way’; “fuerzas hostiles internacionales intensifican su complot estratégico por occidentalizar y dividir la China. Los dominios cultural e ideológico son su principal punto de infiltración a largo plazo”.

Parecida esta aprensión a la de árabes y musulmanes frente a la aparente inexorabilidad de un estilo de vida que riñe también con su credo y tradición, preocupación inexistente en sociedades cooptadas irremisiblemente, como las latinoamericanas, porque hasta en Europa, donde ya corregir parece imposible, hay resistencia a costumbres impropias que sin embargo están absorbiendo la multiculturalidad. Con excepciones autoritarias como la cubana o la norcoreana, no hay quien no tenga ya pie y medio dentro del ‘mainstream’.

Comercio, técnica, finanza están relegando a Confucio y la utopía socialista. La China de mediados de siglo de la fobia antioccidental llevada al extremo por el fervor maoísta, que incluso la hizo romper con el correligionario soviético, hoy no solo se ve forzada a incorporarse a mecanismos mundiales, sino que lucha en vano contra Internet, donde su juventud llama a repetir la experiencia egipcia y aprende los odiados motivación y consumo liberales; su pueblo tiene cada vez más de Occidente y menos de chino, mientras su peso financiero y su demanda de materia prima oxigenan tanto la deuda gringa como los mercados del Tercer Mundo. Igual a los integristas del petróleo que requieren su venta a la industria occidental para atender reclamos de sus pueblos, o como los ayatolas que emplean tecnología foránea para sus proyectos nucleares, cualesquiera que sean.

El punto es el cariz de la globalización occidentalizada, que valida la inquietud de chinos, hindúes, musulmanes, africanos. No ya hablando de arcaísmos folclóricos cada vez más cercados por la evolución social, sino de administración de la productividad, es decir, si el Occidente que atemoriza a Hu Jintao, el de Wall Street y sus bancos, tiene qué proponer a pueblos como el suyo, que con razón resienten el crecimiento descerebrado y la fatalidad tecnológica. La colonización mental al parecer sin reversa de cunas culturales debería acompañarse por curiosidad por la alarma que despierta en reductos ya extravagantes que lo rescatable del humanismo empiece a ser carne de museo.
http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-11015841

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